De allí en adelante no pude pensar más en el broche que puso a mi corazón, que luego a las tres semanas se confirmó en un papelito azul, con una despeinada palmera dibujada en grafito y esa frase que me hacía sentir mariposas en el estómago. Ya no podía pensar, ni dormir; sus húmedos besos y sus apasionados ojos cerrados me desesperaban, me dormían y me despertaban con intensas carcajadas ante mis chistes mal contados, pero que hacían agradable la matutina carrera en el espanto de palomas frente a la catedral del parque central.
Esa sensación no la deben haber sentido todos, pues la palabra matrimonio es confusa entre si va, si viene, si ata o si libera. Lo cierto es que su dulce y agradable compañía desordenaba el ciclo de soledad al que estaba acostumbrado y me revolvía los sentimientos cada vez que me decía, quizá simples palabras, pero con un fuerte martilleo en el alma mal acostumbrada a amar una sola vez.
Era prohibido, para todos los que me recomendaban las evidencias que los amores habían dejado en sus vidas, tal como mi jefe quien con literales ojos de sapo borracho me lo dijo el primer día.
Aquel amor era prohibido también para quienes conocían la rutina de mi vida, limitada a tempranos arribos a casa, donde hundido en un sillón dormía como oso
–Es cosa tuya me dijeron.
No estoy seguro que pasó, si intento analizar cada una de esas evidencias solo me demuestran que el mundo no está listo para tolerar un amor entregado con toda intensidad en la mitad de un año bisiesto, limitados a ver la vida de los otros en base a las experiencias propias o cercanas; aún presiento que pretenden prohibir las decisiones que nacen de lo que el corazón espontáneo mueve. Caminar por una solitaria calle de Buenos Aires besar esos labios un tres de octubre e irse a la casa sin un remordimiento por la decisión requiere un poco más que botar prejuicios; abrazar a esa chica en el Rio de Tigre una vez, repetirlo a los dos meses, al año y a los cinco años sin sentir que la decisión fue errada es creer en el amor prohibido. Sostenerlo por mucho tiempo, es más interesante, cada segundo se vuelve memorable en un escape de semana santa mientras me toma las manos y se aprieta fuertemente en mi pecho hasta alimentar su alma con los latidos cómplices de ese eco melodioso.A la vez, vivo entregado a ese juego, dos polluelos y diez años de matrimonio me han demostrado que el mundo no está listo para aceptar un amor que cada día se vuelve más emocionante; me lo certifican dos ojos que miran hasta la profundidad del universo cada noche, cuando luego de mi rutina loca por cambiar el mundo acudo a ese amor, sueno el portón para revolver el avispero de los pequeñines, los correteo y los acuesto con la doble intención de dedicar el resto de mi día a amar como la primera vez, a la misma chica del prohibido amor, a quien escogí y con quien me volvería a casar de nuevo, como la primera y única vez que lo he hecho.Lastimosamente el botón final de este vestido requiere una segunda lectura para hacernos meditar más en las buenas decisiones, que no es malo tomar.
Suele ser prohibido amar de verdad.
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